Alejo Stivel y Silvio Rodríguez unen sus mundos en “Déjame en paz”
El exlíder de Tequila y el legendario cantautor cubano presentan una canción íntima y reflexiva donde el rock lento y la poesía conviven con una naturalidad sorprendente
Hay canciones que parecen escritas para sonar en una radio nocturna, mientras una ciudad duerme y alguien, del otro lado de la ventana, conversa consigo mismo. “Déjame en paz”, el nuevo trabajo conjunto de ALEJO STIVEL Y SILVIO RODRÍGUEZ, pertenece a esa rara especie.
La pieza nace del encuentro entre dos tradiciones musicales que durante décadas caminaron por senderos paralelos: el rock urbano y sentimental de Alejo Stivel, y la poesía filosófica de Silvio Rodríguez, figura cardinal de la Nueva Trova cubana. El resultado no intenta modernizar el pasado ni maquillar la nostalgia: la canción habita otro territorio, más silencioso y menos evidente, donde la madurez artística se vuelve lenguaje.
Silvio Rodríguez firma la letra. Alejo Stivel compone la música y produce la obra. La fórmula parece sencilla, aunque detrás de esa simplicidad se esconde un delicado equilibrio entre dos sensibilidades que aprendieron a dialogar sin imponerse.
“Déjame en paz, conciencia que todo nombra / hay que tener paciencia con esta sombra”.
La frase podría pertenecer a un poema perdido de Pessoa o a una confesión escrita en una servilleta después de un concierto. Allí aparece el núcleo emocional de la canción: la conciencia como una presencia inevitable, casi persecutoria, que acompaña al ser humano mientras envejece, ama, fracasa y recuerda.
La interpretación evita el dramatismo excesivo. Stivel y Rodríguez cantan como dos hombres que ya no necesitan demostrar nada. Sus voces —tan distintas en textura, acento y biografía— encuentran una convivencia inesperada. No buscan competir; se escuchan. Y en esa escucha ocurre algo poco frecuente en la música contemporánea: el artificio desaparece.
La producción de Stivel apuesta por la contención. No hay explosiones instrumentales ni grandilocuencia emocional. “Déjame en paz” avanza como un rock lento, casi meditativo, donde cada silencio tiene peso específico. La canción parece construida para que la palabra respire.
Para comprender la dimensión de este encuentro hay que observar quiénes son sus protagonistas.
Silvio Rodríguez, nacido en San Antonio de los Baños en 1946, es uno de los nombres fundamentales de la música iberoamericana. Cantautor, poeta y figura emblemática de la Nueva Trova, edificó una obra que atravesó generaciones enteras de oyentes en América Latina y España. Discos como *Días y flores*, *Mujeres*, *Rabo de nube* o *Unicornio* forman parte de un repertorio que convirtió la canción de autor en una herramienta de reflexión cultural y política.
Su historia artística quedó ligada a la Revolución cubana, pero también a una escritura capaz de trascender ideologías y épocas. Silvio pertenece a esa tradición de compositores que entienden la canción como una forma de pensamiento.
Alejo Stivel, por su parte, representa otra genealogía musical. Como líder de Tequila ayudó a definir el sonido del rock en español durante la Transición democrática española. Más tarde se transformó en uno de los productores más influyentes del pop y el rock iberoamericano, trabajando junto a Joaquín Sabina, M-Clan, El Canto del Loco y La Oreja de Van Gogh, entre muchos otros.
En Stivel conviven el músico y el narrador obsesivo del rock. Esa faceta también aparece en *Música para animales*, el programa que conduce en RockFM, donde explora historias ocultas, conexiones improbables y pequeñas mitologías del universo musical.
Quizás por eso “Déjame en paz” funciona más como una conversación que como un simple lanzamiento discográfico. La canción parece construida desde una complicidad previa, desde años de admiración mutua y diálogos compartidos fuera del estudio.
En tiempos dominados por algoritmos, colaboraciones calculadas y canciones fabricadas para sobrevivir quince segundos en redes sociales, el encuentro entre ALEJO STIVEL Y SILVIO RODRÍGUEZ propone otra velocidad. Más humana. Más literaria. Más incómoda también.
Porque “Déjame en paz” no busca anestesiar ni distraer. La canción obliga a mirar hacia adentro.
Y acaso allí resida su mayor virtud. Borges escribió alguna vez que toda música es una forma del tiempo. Stivel y Rodríguez parecen entenderlo perfectamente: convierten la introspección en melodía y la memoria en un territorio compartido.
No hay épica. No hay nostalgia impostada. Sólo dos artistas veteranos dialogando con sus propias sombras mientras el rock, lentamente, vuelve a sonar como una confesión verdadera.