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Retablo del Perú para el mundo: cuando la memoria baila y América Latina se reconoce en Buenos Aires
El Ballet Folclórico Nacional del Perú y la Orquesta Sinfónica Nacional deslumbran con una obra que cruza tradición y contemporaneidad en el Anfiteatro del Parque Centenario, en el marco de la Feria Internacional del Libro 2026, dejando una huella cultural que interpela identidad, historia y presente latinoamericano
Por Ezequiel Ponce
Publicado en 01/05/2026 14:29
Alquimia Sónica (Fusión/Exp)

Hay noches en que Buenos Aires deja de ser una ciudad para convertirse en un umbral. Una frontera blanda donde las identidades se mezclan, donde la memoria viaja sin pasaporte y donde el arte, cuando es verdadero, no pide permiso: irrumpe. Así ocurrió con Retablo del Perú para el mundo, una obra que no solo se presentó, sino que respiró entre nosotros como si siempre hubiese pertenecido a este suelo compartido de historias latinoamericanas.

 

En el marco de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2026, con Perú como País Invitado de Honor, la ciudad fue testigo de un acontecimiento que desbordó lo estrictamente escénico para convertirse en un gesto político y cultural. Porque cuando un país decide mostrarse a través de su arte popular, no está ofreciendo folklore como postal: está diciendo quién es, de dónde viene y qué heridas todavía canta.

 

Retablo del Perú para el mundo llegó por primera vez a la Argentina con la potencia de lo inédito. Sobre el escenario, el Ballet Folclórico Nacional del Perú y la Orquesta Sinfónica Nacional del Perú tejieron una experiencia donde la danza, la música en vivo, el teatro y las proyecciones audiovisuales no compiten: dialogan. Y en ese diálogo, algo se revela.

Inspirado en el retablo andino —esa caja que guarda escenas mínimas de la vida cotidiana y la cosmovisión popular— el espectáculo despliega una sucesión de cuadros que funcionan como pequeñas ventanas a la identidad peruana. Pero también, inevitablemente, a la nuestra. Porque en cada gesto coreográfico hay una pregunta que resuena en toda América Latina: qué hacemos con nuestras raíces en un presente que insiste en fragmentarnos.

La noche del 26 de abril en el Anfiteatro del Parque Centenario no fue solo una función: fue una convocatoria. Más de mil personas asistieron a una ceremonia laica donde la belleza no anestesia, sino que incomoda y despierta. Bajo la dirección artística de Ángel Gómez, con la batuta orquestal de Anthony Puppo y la dirección musical de Eddy Sánchez, la obra alcanzó una precisión que no sacrifica emoción.

El programa recorrió tres danzas emblemáticas que condensan siglos de historia y tensión social. La marinera norteña, nacida del cruce entre lo indígena, lo africano y lo hispano, desplegó una elegancia que no es ingenua: es resistencia estilizada. El huaylarsh, con su raíz en las labores agrícolas del valle del Mantaro, convirtió el trabajo en celebración, recordando que la tierra también se baila. Y la tuntuna, quizás el momento más visceral, evocó la memoria de los cuerpos sometidos en las minas del altiplano, transformando el dolor en movimiento, la opresión en ritmo.

Hay algo profundamente contemporáneo en esta propuesta. No porque utilice recursos audiovisuales o una puesta de gran formato, sino porque entiende que la tradición no es un museo: es un campo de disputa. En tiempos donde las identidades se negocian entre algoritmos y mercados culturales, Retablo del Perú para el mundo insiste en otra lógica: la de la memoria viva.

La presencia peruana en Buenos Aires no se limitó a esta presentación. Hubo intervenciones de danza en el Pabellón Perú y conciertos de cámara en el La Rural, además de una función previa en la Sala José Hernández. Una agenda que no solo mostró talento, sino una política cultural activa, articulada entre el Ministerio de Cultura del Perú y el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, en un gesto que debería servir de espejo para pensar nuestras propias prioridades culturales.

En un país como Argentina, donde la cultura también pelea por su lugar en medio de tensiones económicas y discursos que a veces la subestiman, espectáculos como este funcionan como recordatorio: el arte no es un lujo. Es una forma de resistencia, de identidad y de futuro.

Quizás por eso, al salir del anfiteatro, algo quedaba vibrando. No era solo la música ni la imagen final suspendida en la retina. Era la certeza de que América Latina, cuando se cuenta a sí misma con honestidad, no necesita traducción.

Retablo del Perú para el mundo no vino a mostrarse. Vino a decir.

 

 

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